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Costumbres: Un cuento lésbico

Es el tercer día que llevo encerrada, pero en realidad no sé qué día es. Sólo sé que empezó noviembre y que los fríos del otoño calan menos que la soledad que me aqueja. También he dejado de comer simplemente por la pereza de dejar la cama y caminar unos pasos hacia el frigorífico. De cualquier forma, supongo que está vacío; tampoco he ido a hacer la compra de la semana, pues la costumbre es que lo hicieras tú.  No negaré que te extraño como una loca, que te necesito aquí a mi lado preparándome el café matutino, calentando mi lado de la cama, haciendo que mis días sean cada vez mejores.

Por costumbre, he ido al servicio con la intención de preparar dos cepillos de dientes con dentífrico al amanecer, pero me he topado con uno solo en el vasito: el mío. A raíz de eso me di cuenta de todas las costumbres que tendré que cambiar de aquí en adelante con tu ausencia. Ya no serán dos tazas de café por la mañana, ni dos panes con mantequilla, ni comeré pizza en el desayuno una vez en la semana.

He escuchado las mismas seis canciones una y otra vez todos estos días hasta el punto de que si apenas las conocía, ahora me las sé todas de memoria. Puras cosas de gente despechada: Rocío Durcal, Juan Gabriel, Mocedades, Amanda Miguel, Lucha Villa… créeme cuando te digo que es algo que jamás había hecho. A diferencia de ti, que me tenías a mí para superar la soledad en la peor de las depresiones, yo estoy sola. Quizá sea ese el mayor de los problemas.

La vida siempre ha sido cotidiana, nunca ha estado envuelta en dramas, en acontecimientos extraordinarios, pero en este momento los sentimientos se vuelven exacerbados y las sensaciones tan agudas, que cada milímetro de mi piel sufre hasta las buenas sensaciones.

Siempre pienso en ti, ¿sabes? Sobre todo en los detalles más absurdos. Pienso en aquella vez que fuiste por mí a la central de autobuses, en la tarde tiradas en el pasto, cuando besaste cada uno de mis lunares, en la primera noche que dormimos juntas y nos dedicamos la luna llena.

Está de más decir que tampoco me he bañado. Lo sé, es desagradable, pero tampoco me apetece. Además de eso, he dejado de leer todo lo que solía leer. Mis libros de la universidad, los cuentos cortos de Amparo Dávila, el periódico donde tú escribes. Lo único que he leído, y lo recuerdo bien, fue un poema pequeño en el periódico:

La ola insiste en volver
y llevarte.
La sal jama tus labios.
Cuando estás convencida
de que saldrás.
ola imperiosa, australiana
alta,
viento, despeñadero
y
tú tan convencida
de que saldrás.

Y pensar que la ola imperiosa vino y te llevó consigo.

Qué triste es deshacerse de todas esas costumbres que construimos juntas. No sé qué tan difícil sea para ti mirar a otra al despertar, escuchar una voz distinta. Por mi parte será terrible tener que desacostumbrarme al toque perfecto de tus dedos en mi rostro, a la forma de tus senos y como mis manos se amoldaban perfectos a ellos, a la curva de tus caderas, a la manera tan única en que me pedías que moviera mis dedos en tu sexo… “de otro, será de otro, como antes de mis besos”, bien lo dijo Neruda.

Aunque ahora lo acepto todo, aún con sus horribles desventuras, he de confesar que duele tu ausencia, la soledad y el silencio absolutos. Hoy me voy porque quiero que seas feliz. Me voy, aunque tenga que hablarle a la nada todas las mañanas.

El invierno viene más frío que de costumbre.

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